lunes, 7 de diciembre de 2009

La entrevista

La cremallera del abrigo se atascó justo en la puerta de la revista. Una semana antes el director me había llamado para una entrevista de trabajo para un puesto de periodista. Estaba loco de contento, no podía creer mi suerte sobre todo después de meses de estar trabajando en los oficios más variopintos: camarero, repartidor de regalos, encuestador en el metro, digitalizador de datos en una constructora, figurante en películas y en cuanta cosa me pusiera hacer la empresa de Trabajo Temporal que no hacía otra cosa más que procurar que no me aburriera. ¡Y vaya si lo consiguió! Pasaba la mar de entretenido aunque ya me estaba hartando de tanto divertimento y cachondeo.

En esas circunstancias no extraña que la entrevista despertara todas las expectativas de este mundo y que durante días preparara todos los detalles: desde mi CV, para que no quedara la menor duda de desde mi más tierna infancia quería ser periodista, hasta la ropa que llevaría porque todo entra por la vista sobre todo cuando se trata de la revista más fashion y cool del planeta, por lo menos eso es lo que dice su cabecera. Así que resignado a que me iban a observar con lupa como a un vil microbio en un laboratorio me puse mis mejores galas y mi abrigo nuevo comprado en las rebajas de Zara a mitad de precio.

Acababa de tocar la puerta cuando me percaté que la cremallera de mi abrigo nuevo comprado en las rebajas de Zara a mitad de precio estaba atascada. Si quería hacer mi entrada triunfal y lucir palmito tenía que quitarme el abrigo pero no había forma, una y otra vez lo intenté pero nada de nada. Así que tuve que recurrir a la fuerza bruta y por fin lo logré. Fue una pena que me quedara con parte de la cremallera en la mano izquierda y que en la derecha me hiciera una pequeña herida que no paraba de sangrar, algo de lo que me dí cuenta hasta que le había dado la mano a todo el personal –hay que ver la cara de asco que tiene la gente que trabaja en el sector de la moda pensé –, entregué mi CV como es debido, con manchas de sangre – mejor saco copia y te dejo el original me dijo el jefe de Recursos Humanos – y manché de sangre la blanca mesa de la minimalista sala de juntas – no pasa nada cariño, es de Ikea compramos otra y asunto solucionado me dijo condescendiente la secretaria–. ¡Ya lo llamaremos! , me dijo fríamente el director al tiempo que se limpiaba la mano después de despedirnos.

Han pasado ocho años y sigo esperando la llamada.